La vida continúa…

La vida continúa…

la vida continua… es una de las frases que sin duda recordaré de mi madre hasta el día de mi muerte. Cada vez que ocurría algún suceso que me impactaba o desalentaba, mi madre tenía a flor de labios esta frase. Es ad hoc a muchas situaciones y no deja de tener razón.

Hace un par de años mi padre tuvo un problema de salud que hasta el día de hoy lo tiene atrapado, cuando recién comenzó el proceso de día y de noche pensaba en él, en la situación y en las consecuencias que traería esto a su vida. Estaba en periodo de pruebas y exámenes finales en la universidad, lo que me tenía aún más abrumada. En medio de un viaje express para visitar a mi padre la desolación y desesperanza tocaron mi puerta. Creo nunca haberme sentido así antes y tampoco después; fue como si la esperanza se “saliera” de mi cuerpo y escogiera otra residencia.

Volví a mis quehaceres universitarios y todo marchaba muy rápido, como es la rutina en estas instituciones; debía juntarme a hacer trabajos grupales y preparar exposiciones sin tener ganas siquiera de levantarme. Cada vez que mis compañeras me citaban a sesiones extensas de trabajo o debía trasnochar haciendo algún ensayo me encolerizaba pensando en la poca empatía hacia mi persona por parte de mis profesores y compañeras de carrera. Lloraba de la angustia al sentir que debía continuar con el ritmo de siempre, pero con mucho menos de la mitad de la energía de siempre. Era frustrante y agotador.

Dentro de ese estado vino a mí la frase de mi madre “la vida continúa” y comprendí que el mundo no se detiene ni debe detenerse producto de mi dolor o desesperanza. El resto de la gente que me rodeaba estaba perfectamente saludable, con la energía necesaria para trabajar y no era su culpa, ni la mía, que mi padre hubiese enfermado JUSTO en época de exámenes. No se imaginan como esto le dio paz a mi corazón. Mi sentimiento de culpa por no estar junto a mi padre y dedicarme a la universidad desapareció, y cuando se atreve a aparecer nuevamente, recuerdo exactamente loa frase de mi madre, “la vida continúa” y continuó para mí.

No me malentiendan, no quiero decir con esto que no haya que dolerse con el dolor ajeno, ni que haya que transformarse en una máquina productora de algo, hablo más bien de la actitud que tomamos ante la adversidad. Me puedo detener en el borde del abismo y solamente pensar en que en algún momento caeré, o puedo pensar en cómo atravesar al otro lado.

Estar comprometido con el sufrimiento ajeno o con el propio no tiene que ver con paralizar nuestras vidas en función del hecho que origina esta amargura, tampoco es esperar que el resto del mundo ponga “pausa” a su vida para acompañarnos, es irreal y fantasioso pensar que esto ocurrirá así el 100% del tiempo. La única persona que puede estar allí para nosotros es Jesús, ¡pero Él tampoco paraliza su vida! Sigue haciendo su trabajo, sigue bendiciendo vidas, escuchando peticiones, derramando sanidad, haciendo pactos eternos. ¿Se imaginan si Jesús se hubiese entristecido porque sus discípulos lo lloraron muy poco tiempo? ¿O que les hubiese pedido que se quedaran al lado de su sepulcro miles de horas vigilando su resurrección? Jesús dejó al Consolador, a Su Espíritu Santo, para que nos acompañara en aquellos momentos difíciles, pero éste tampoco es estático o gira en torno a nosotros. El Espíritu Santo está todo el día trabajando y continúa haciendo Su obra en nosotros aun cuando deseamos espacios de quietud y calma, no se mueve de acuerdo a nuestra necesidad, sino de acuerdo  a Sus propios planes y tiempos.

Si llegase a suceder otro evento en tu vida que te convocara a esperar que el mundo se detuviese, recuerda que Jesús es movimiento, es dirección y siempre está avanzando. Quítale la pausa a tu vida, no esperes tampoco que el resto se mueva a tu ritmo y tus tiempos, el único que importa aquí es el plan que hay detrás del sufrimiento, porque al otro lado del abismo…

… ¡la vida continúa!

Autora: Poly Toro

Escrito para www.mensajesdeanimo.com



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